El científico colombiano asegura que hoy ve a los colombianos con más ganas de sobrevivir.
Tomado de El Tiempo-febrero 26-11http://www.eltiempo.com/vida-de-hoy/salud/doctor-llinas-que-son-el-cerebro-dios-y-el-amor_8929060-4
Invitación a debatir sobre temas de economía, política, medio ambiente y mucho mas.

Patético, por decir lo menos, resulta el show organizado por algunos medios de comunicación alrededor de la tragedia que viven miles de damnificados por los desastres naturales que se repiten cada año en el país. Se convoca a los colombianos a donar mercados, ropa, colchones, etc., para demostrar su solidaridad con los infortunados, como si con eso se solucionaran de raíz sus problemas. Todos los años por la misma época surgen, como por encanto, los madre Teresa, supuestamente conmovidos con el desastre que destruye miles de hectáreas de cultivos de las zonas ribereñas de los ríos, viviendas en los caseríos aledaños, o el derrumbe de laderas en las zonas tuguriales de las ciudades, empeorando la de por sí grave situación de pobreza en que, por lo general, sobreviven las víctimas. Se camufla de esta manera la ineficiencia y la falta de previsión por parte de los organismos estatales, en cuanto a tomar con tiempo las medidas necesarias para que este tipo de eventos no se repitan todos los años. ¿Por qué si hay tanto dinero para sostener una guerra interminable contra los factores que desestabilizan el país y para alimentar el apetito voraz de los funcionarios corruptos, no se destinan los recursos suficientes para evitar que estas catástrofes? ¿Por qué a sabiendas del peligro que corre la población se permite la tugurización de los cerros y las riberas de los ríos en las ciudades? ¿Por qué no se toman medidas de fondo, aunque un poco tarde, para evitar que se siga deforestando las vegas ribereñas o se reforesta allí donde sea necesario, para evitar que los ríos pierdan su caudal y tengan que desbordarse inevitablemente para poder fluir? Por eso, en vez de andar pidiendo limosna a los colombianos que pagamos impuestos por todo, lo que hay que hacer es presionar a los gobernantes para que gobiernen, no a favor de sus amigos, sino para la población más desprotegida.



Sin dejar de reconocer el éxito de la operación de rescate de los 33 mineros chilenos y la expectativa mundial alrededor del acontecimiento, resulta escandaloso el reality show montado por los medios de comunicación para mercadear la tragedia humana de los obreros y sus familias. Como en cualquier competencia, se transmitió en vivo y en directo, paso a paso, el proceso de rescate, involucrando no solo a las víctimas, sino también a los que, directa o indirectamente son responsables, es decir, al gobierno en cabeza de su presidente y demás miembros de su gabinete, quienes aparentan “profundos” sentimientos de solidaridad. El drama vivido por los mineros chilenos es un llamado más a poner fin a la inseguridad en que trabajan los obreros en los socavones del mundo. La promesa del presidente chileno de revisar la legislación sobre seguridad laboral debería servir de ejemplo para países como Colombia, donde mueren sepultados con frecuencia nuestros trabajadores, sin que los gobiernos hagan algo para evitar que esto siga ocurriendo, sobre todo ahora que tanto se habla del auge minero.

Contrario a lo que se piensa, el 12 de octubre no es una fecha para celebrar sino para lamentar. La invasión de españoles y portugueses de la peor calaña significó la aniquilación masiva de los aborígenes de estas tierras y sus ricas costumbres; de su patrimonio, representado en sorprendentes obras de arquitectura y avances científicos como la astronomía; la inoculación de enfermedades endémicas de otras latitudes y el saqueo de las riquezas naturales, especialmente de los metales preciosos, para financiar el consumo suntuario en la metrópolis y decorar los templos cristianos en el viejo mundo. El eufemísticamente llamado choque de culturas no fue otra cosa que el avasallamiento y la imposición de la cultura conquistadora, con todas sus aberraciones, como la religión y los vicios traídos de ultramar. Por eso resulta irónico que los vasallos modernos de otros imperios rememoren con nostalgia tan deplorable suceso, sin escarbar un poco en su cerebro sobre el verdadero significado del mal llamado descubrimiento.

Hay varios motivos por los cuales los Estados Unidos siempre están provocando guerras fuera de su territorio. El primero es la necesidad de crear mercados para la industria militar y sus armas de destrucción selectiva y masiva. Sin las guerras este complejo industrial-militar entraría en crisis y con él, gran parte de la economía norteamericana. Para el 2004 se estima que el gasto militar de los Estados Unidos se calculaba en 455.300 millones de dólares, representando el 47% del total mundial. El año pasado esta suma ya llegaba a más de 600 mil millones de dólares y para el 2011 se presupuestan más de 700 mil millones. Otro motivo es la necesidad de garantizar el suministro de hidrocarburos y otras materias primas de origen mineral, para lo cual buscan controlar las fuentes de producción en los diferentes puntos geográficos del planeta. Con este fin, y no la supuesta defensa de la democracia, o la supuesta presencia de armas de destrucción masiva, se ha recurrido al control militar de regiones enteras, como el oriente medio, y a la invasión militar de países como Irak y Afganistán, en la cual han muerto miles y miles de civiles. En este mismo sentido se enmarca la actual arremetida contra Irán, al cual se acusa de desarrollar armas nucleares y de representar una amenaza para occidente. En realidad, lo que buscan los Estados Unidos y sus aliados, es consolidar el dominio militar y político en las regiones productoras de hidrocarburos, especialmente petróleo y en últimas, expandir su dominio geopolítico por el mundo, en un intento desesperado por no perder la hegemonía que aún ejercen. Por eso, el cuento de que los Estados Unidos andan preocupados por la democracia y los derechos humanos no es más que una falacia para disfrazar sus verdaderas intenciones.


Por estos días andan alborotados los del gobierno, y sus aliados de la academia, promoviendo el “nuevo modelo” exportador, sustentado en los bienes de origen minero, como premisa para un desarrollo industrial supuestamente “sustentable”. En realidad, lo que está ocurriendo es un retorno al pasado, fincando el futuro de nuestro desarrollo en unos recursos naturales (especialmente carbón y petróleo) no renovables y sujetos a los vaivenes de los precios internacionales. Aparte de que la minería genera un mínimo de empleo, sus efectos sobre el ambiente son desastrosos y debido a su carácter temporal, una vez se agota el recurso, las regiones mineras se sumen en la depresión. Los bienes de origen minero han venido incrementado su participación en las exportaciones totales de manera sostenida en los últimos años, al pasar del 39% en 2001 al 56% en el 2009. El 85% de dichas exportaciones corresponde a petróleo y sus derivados y carbón. El incremento de las divisas provenientes de las exportaciones mineras ha fortalecido el proceso revaluacionista y fomentado las importaciones, desestimulando la industria orientada al mercado interno. En estas condiciones, toda la borrachera provocada por la bonanza temporal de los minerales y los hidrocarburos, terminará en un guayabo general, del cual nos costará mucho recuperarnos.