Invitación a debatir sobre temas de economía, política, medio ambiente y mucho mas.
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29 agosto 2013
07 agosto 2013
Tomado de elmalpensante.com
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2338
Los matones del copyright
Naomi Klein
En épocas
remotas, las marcas sobre los seres humanos se solían hacer con hierros
candentes. Hoy los dueños del hierro se han sofisticado hasta el punto
de que pronto habrá que pedir permiso para llamarse McDonald, como
cualquier lechero escocés. No logo, el
ibro de Naomi Klein publicado por editorial Paidós, hace un apasionante
y polémico recorrido por el intrincado mundo de las marcas. He aquí un
anticipo.
Después de que en 1999 los ataques aéreos de la OTAN fueran
respondidos en Serbia con conciertos de rock donde adolescentes tocados
con gorras de los Chicago Bulls quemaban desafiantes la bandera
estadounidense, pocos tendrían la ingenuidad de repetir el gastado
refrán de que MTV y McDonald’s llevan la paz y la democracia al mundo.
Sin embargo, lo que se hizo evidente en aquellos momentos en que la
cultura pop trascendía la división provocada por la guerra era que, aun
cuando no exista ningún otro terreno cultural, político o lingüístico
común, los medios occidentales de información habían logrado cumplir la
promesa de crear el primer léxico mundial de imágenes, de música y de
íconos. Aunque no coincidamos en nada más, casi todo el mundo sabe que
Michael Jordan es el mejor jugador de béisbol que ha existido nunca.
Esto puede parecer un logro de poca monta comparado con los ambiciosos discursos sobre la “aldea global” que se oyeron cuando cayó el comunismo, pero es un logro bastante vasto para haber revolucionado tanto la producción del arte como las prácticas políticas. Las referencias verbales o visuales a las comedias televisivas, a los personajes del cine, a los eslóganes publicitarios y a los lagos de las empresas han llegado a ser el instrumento más eficaz que poseemos mas para comunicarnos entre las culturas, un click fácil e instantáneo. La profundidad que ha alcanzado esta forma de marca comercial impuesta a la cultura quedó bien visible en marzo de 1999, cuando estalló un escándalo a raíz de un popular texto escolar que se usa en las escuelas públicas estadounidenses. El texto de matemáticas de sexto grado estaba lleno de menciones y de fotografías de conocidos artículos comerciales: de zapatillas deportivas Nike y de productos de McDonald’s y de Gatorade. En cierto punto se enseñaba a los alumnos a calcular los diámetros con una golosina Oreo. Como era de esperar, los padres se pusieron furiosos contra este nuevo hito de la comercialización de la educación; parecía un libro pagado por las empresas. Pero McGraw-Hill, la editora del libro, insistía en que los críticos se equivocaban. “Hay que trabajar con las cosas que la gente conoce bien, para que se dé cuenta de que las matemáticas están en el mundo que les rodea”, explicó Patricia S. Wilson, una de las autoras del texto. Las referencias a las marcas no eran anuncios pagados, dijo, sino un intento de hablar a los alumnos sobre sus propios elementos de referencia y en su propio idioma; en otras palabras, de hablarles en el idioma de las marcas1. más información
Esto puede parecer un logro de poca monta comparado con los ambiciosos discursos sobre la “aldea global” que se oyeron cuando cayó el comunismo, pero es un logro bastante vasto para haber revolucionado tanto la producción del arte como las prácticas políticas. Las referencias verbales o visuales a las comedias televisivas, a los personajes del cine, a los eslóganes publicitarios y a los lagos de las empresas han llegado a ser el instrumento más eficaz que poseemos mas para comunicarnos entre las culturas, un click fácil e instantáneo. La profundidad que ha alcanzado esta forma de marca comercial impuesta a la cultura quedó bien visible en marzo de 1999, cuando estalló un escándalo a raíz de un popular texto escolar que se usa en las escuelas públicas estadounidenses. El texto de matemáticas de sexto grado estaba lleno de menciones y de fotografías de conocidos artículos comerciales: de zapatillas deportivas Nike y de productos de McDonald’s y de Gatorade. En cierto punto se enseñaba a los alumnos a calcular los diámetros con una golosina Oreo. Como era de esperar, los padres se pusieron furiosos contra este nuevo hito de la comercialización de la educación; parecía un libro pagado por las empresas. Pero McGraw-Hill, la editora del libro, insistía en que los críticos se equivocaban. “Hay que trabajar con las cosas que la gente conoce bien, para que se dé cuenta de que las matemáticas están en el mundo que les rodea”, explicó Patricia S. Wilson, una de las autoras del texto. Las referencias a las marcas no eran anuncios pagados, dijo, sino un intento de hablar a los alumnos sobre sus propios elementos de referencia y en su propio idioma; en otras palabras, de hablarles en el idioma de las marcas1. más información
Mis padres y yo
Salomón Kalmanovitz
Tomado de: elmalpensante.com
Mientras
unos reclaman a sus padres el desconcierto ideológico en que quedaron,
otros exploran el asunto desde una óptica muy diferente.
Mis padres tuvieron poca educación. Mi papá era originario de lo
que hoy es Bielorrusia, en su momento Lituania. Fue educado en la
religión judía, podía leer hebreo y escribir en yiddish, hablar algo de
lituano y ruso, sabía hacer las operaciones aritméticas básicas y se
orientaba por puntos de vista conservadores no sólo en política sino en
todo. Aprendió a hablar español con un marcado acento eslavo que a mí me
hacía sentir incómodo. Mi mamá cursó algunos años de secundaria en
Polonia, pero no pudo terminarla. En su familia hubo socialistas y
laboristas del movimiento llamado Bundt, según me enteré tardíamente con
sus familiares en Nueva York, pero ella fue apolítica toda la vida.
Ayudaba a mi papá con la cacharrería en Barranquilla, y él la respetaba
mucho porque era buena y rápida para los negocios. Eso nos permitió
entrar en el mundo de la clase media con todas sus comodidades.
A pesar de sus carencias, mis padres valoraban, como todos los judíos europeos, la educación que para ellos se expresaba en el respeto por los estudiosos de la Ley —los rabinos—, pero también por el aprecio a todas las profesiones liberales y técnicas. Tanto yo como mis dos hermanas fuimos apoyados para hacer estudios universitarios y de posgrado, a pesar de que ellos no entendían muy bien lo que el estudio representaría en nuestras vidas. En mi caso, terminé apartándome de la vida comunitaria y religiosa, o sea de las que para ellos eran las defensas últimas de nuestra existencia. Ver más
A pesar de sus carencias, mis padres valoraban, como todos los judíos europeos, la educación que para ellos se expresaba en el respeto por los estudiosos de la Ley —los rabinos—, pero también por el aprecio a todas las profesiones liberales y técnicas. Tanto yo como mis dos hermanas fuimos apoyados para hacer estudios universitarios y de posgrado, a pesar de que ellos no entendían muy bien lo que el estudio representaría en nuestras vidas. En mi caso, terminé apartándome de la vida comunitaria y religiosa, o sea de las que para ellos eran las defensas últimas de nuestra existencia. Ver más
06 agosto 2013
ME CAÍ DEL MUNDO
Eduardo Galeano: Me caí del mundo y no sé cómo se entra
Eduardo Galeano
Lo que me pasa es que no consigo andar
por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo
porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un
poco..
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos
los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra
ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los
volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas
crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por
la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los
desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar.
¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las
calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor.
Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y
ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté
bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo
de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de
la computadora todas las navidades.
.
¡Guardo los vasos desechables!
.
¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable enel cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo
matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio
en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los
descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se
quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.
Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La
goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban
rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los
animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es
que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo
educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’,
pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’.Hay que
cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un
arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir
endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis
amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además,
cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el
mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si
era un nombrecomo para cambiarlo) Me educaron para guardar todo.
¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas
podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema:
nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el
afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el
ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del
jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo
quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los
pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen
fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma
facilidad con la que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro
cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el
segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no
fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!!
¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!!
¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la
puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se
convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le
sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita
para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooodo guardábamos!
Cuando el mundo se exprimía el cerebro
para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo,
inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette
-hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el
ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas
de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin
su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del
congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que
darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a
que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos
que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran
guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas
para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por
sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de
algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los
chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y
las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las
medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los
fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde
la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron
en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban
aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada
que decía ‘éste es un 4 de bastos’.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos
de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo
pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez
en una pinza completa.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba
mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas
generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir,
aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt
Disney!!!
Y cuando nos vendieron helados en
copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y
después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la
íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de
las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y
hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en
adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de
acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de
cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una
botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo
entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!!
¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los
electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la
amistad son descartables.
Pero no cometeré la imprudencia de
comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad
que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del
pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a
decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron
perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte
apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian
por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función
se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en
el cabello y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de
pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas,
tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de
pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo
soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo
de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.
Eduardo Galeano, periodista y escritor Uruguayo
24 julio 2013
16 julio 2013
How Intellectual Property Reinforces Inequality
July 14, 2013, 9:04 pm
How
Intellectual Property Reinforces Inequality
In the war against
inequality, we’ve become so used to bad news that we’re almost taken aback when
something positive happens. And with the Supreme Court having affirmed that
wealthy people and corporations have a constitutional right to buy American
elections, who would have expected it to bring good news? But a decision in the
term that just ended gave ordinary Americans something that is more precious
than money alone — the right to live.
At first glance, the case,
Association for Molecular Pathology v. Myriad Genetics, might seem like
scientific arcana: the court ruled, unanimously, that human genes cannot be patented, though synthetic DNA, created in the laboratory, can be. But the real
stakes were much higher, and the issues much more fundamental, than is commonly
understood. The case was a battle between those who would privatize good
health, making it a privilege to be enjoyed in proportion to wealth, and those
who see it as a right for all — and a central component of a fair society and
well-functioning economy. Even more deeply, it was about the way inequality is
shaping our politics, legal institutions and the health of our population.
Unlike the bitter battles
between Samsung and Apple, in which the referees (American courts), while
making a pretense at balance, seem to consistently favor the home team, this
was a case that was more than just a battle between corporate giants. It is a
lens through which we can see the pernicious and far-reaching effects of
inequality, what a victory over self-serving corporate behavior looks like and
— just as important — how much we still risk losing in such fights.
Of course, the court and
the parties didn’t frame the issues that way in their arguments and decision. A
Utah firm, Myriad Genetics, had isolated two human genes, BRCA1 and BRCA2, that
can contain mutations that predispose women who carry them to breast cancer —
crucial knowledge for early detection and prevention. The company had
successfully obtained patents for the genes. “Owning” the genes gave it the right
to prevent others from testing for them. The core question of the case was
seemingly technical: Are isolated, naturally occurring genes something that can
be patented?
But the patents had
devastating real-world implications, because they kept the prices for the
diagnostics artificially high. Gene tests can actually be administered at low
cost — a person can in fact have all 20,000 of her genes sequenced for about
$1,000, to say nothing of much cheaper tests for a variety of specific
pathologies. Myriad, however, charged about $4,000 for comprehensive testing on just two genes. Scientists have argued that there was nothing inherently special or
superior about Myriad’s methods — it simply tested for genes that the company claimed to own, and did
so by relying on data that was not available to others because of the patents.
Hours after the Supreme Court’s ruling in favor of the plaintiffs — a group of universities, researchers and
patient advocates, represented by the American Civil Liberties Union and the Public Patent Foundation — other laboratories quickly announced
that they would also begin offering tests for the breast cancer genes, underlining the fact that Myriad’s “innovation” was identifying existing
genes, not developing the test for them. (Myriad is not done fighting, though,
having filed two new lawsuits this month that seek to block the companies Ambry
Genetics and Gene by Gene from administering their own BRCA tests, on the
grounds that they violate other patents that Myriad holds.)
It should not be very
surprising that Myriad has done everything it can to prevent its tests’ revenue
stream from facing competition — indeed, after recovering somewhat from a 30
percent drop in the wake of the court ruling, its share price is still nearly
20 percent below what it was beforehand. It owned the genes, and didn’t want anybody trespassing on its property.
In obtaining the patent, Myriad, like most corporations, seemed motivated more
by maximizing profits than by saving lives — if it really cared about the
latter, it could and would have done better at providing tests at lower costs
and encourage others to develop better, more accurate and cheaper tests. Not
surprisingly, it made labored arguments that its patents, which allowed
monopolistic prices and exclusionary practices, were essential to incentivize
future research. But when the devastating effects of its patents became
apparent, and it remained adamant in exerting its full monopoly rights, these
pretensions of interest in the greater good were woefully unconvincing.
The drug industry, as
always, claimed that without patent protection, there would be no incentives
for research and all would suffer. I filed an expert declaration with the court (pro bono), explaining why the industry’s arguments were
wrong, and why this and similar patents actually impeded rather than fostered
innovation. Other groups that filed amicus briefs supporting the plaintiffs,
like AARP, pointed out that Myriad’s patents prevented patients from obtaining
second opinions and confirmatory tests. Recently, Myriad pledged it would not block such tests — a pledge it
made even as it filed the lawsuits against Ambry Genetics, and Gene by Gene.
Myriad denied the test to
two women in the case by rejecting their Medicaid insurance — according to the
plaintiffs, because the reimbursement was too low. Other women, after one round of Myriad’s testing, had to make
agonizing decisions about whether to have a single or double mastectomy, or
whether to have their ovaries removed, with severely incomplete information —
either Myriad’s testing for additional BRCA mutations was unaffordable (Myriad
charges $700 extra for information that national guidelines say should be
provided to patients), or second opinions were unattainable because of Myriad’s patents.
The good news coming from
the Supreme Court was that in the United States, genes could not be patented.
In a sense, the court gave back to women something they thought they already
owned. This had two enormous practical implications: one is it meant that there
could now be competition to develop better, more accurate, less expensive tests
for the gene. We could once again have competitive markets driving innovation.
And the second is that poor women would have a more equal chance to live — in
this case, to conquer breast cancer.
But as important a victory
as this is, it is ultimately only one corner of a global intellectual property
landscape that is heavily shaped by corporate interests — usually American. And
America has attempted to foist its intellectual property regime on others,
through the World Trade Organization and bilateral and other multilateral trade
regimes. It is doing so now in negotiations as part of the so-called
trans-Pacific Partnership. Trade agreements are supposed to be an important
instrument of diplomacy: closer trade integration brings closer ties in other
dimensions. But attempts by the office of the United States Trade
Representative to persuade others that, in effect, corporate profits are more
important than human lives undermines America’s international standing: if
anything, it reinforces the stereotype of the crass American.
Economic power often speaks
louder, though, than moral values; and in the many instances in which American
corporate interests prevail in intellectual property rights, our policies help
increase inequality abroad. In most countries, it’s much the same as in the United
States: the lives of the poor are sacrificed at the altar of corporate profits.
But even in those where, say, the government would provide a test like Myriad’s
at affordable prices for all, there is a cost: when a government pays monopoly
prices for a medical test, it takes money away that could be spent for other
lifesaving health expenditures.
The Myriad case was an
embodiment of three key messages in my book “The Price of Inequality.” First, I
argued that societal inequality was a result not just of the laws of economics,
but also of how we shape the economy — through politics, including through
almost every aspect of our legal system. Here, it’s our intellectual property
regime that contributes needlessly to the gravest form of inequality. The right
to life should not be contingent on the ability to pay.
The second is that some of
the most iniquitous aspects of inequality creation within our economic system
are a result of “rent-seeking”: profits, and inequality, generated by
manipulating social or political conditions to get a larger share of the
economic pie, rather than increasing the size of that pie. And the most
iniquitous aspect of this wealth appropriation arises when the wealth that goes
to the top comes at the expense of the bottom. Myriad’s efforts satisfied both
these conditions: the profits the company gained from charging for its test
added nothing to the size and dynamism of the economy, and simultaneously
decreased the welfare of those who could not afford it.
While all of the insured
contributed to Myriad’s profits — premiums had to go up to offset its fees, and
millions of uninsured middle-income Americans who had to pay Myriad’s monopoly
prices were on the hook for even more if they chose to get the test — it was
the uninsured at the bottom who paid the highest price. With the test
unaffordable, they faced a higher risk of early death.
Advocates of tough
intellectual property rights say that this is simply the price we have to pay
to get the innovation that, in the long run, will save lives. It’s a trade-off:
the lives of a relatively few poor women today, versus the lives of many more
women sometime in the future. But this claim is wrong in many ways. In this
particular case, it is especially wrong, because the two genes would likely have
been isolated (“discovered,” in Myriad’s terminology) soon anyway, as part of
the global Human Genome Project. But it is wrong on other counts, as well. Genetic researchers have
argued that the patent actually prevented the development of better tests, and so interfered with the advancement of science. All knowledge is
based on prior knowledge, and by making prior knowledge less available,
innovation is impeded. Myriad’s own discovery — like any in science — used
technologies and ideas that were developed by others. Had that prior knowledge
not been publicly available, Myriad could not have done what it did.
And that’s the third major
theme. I titled my book to emphasize that inequality is not just morally
repugnant but also has material costs. When the legal regime governing
intellectual property rights is designed poorly, it facilitates rent-seeking —
and ours is poorly designed, though this and other recent Supreme Court
decisions have led to one that is better than it otherwise would have been. And
the result is that there is actually less innovation and more inequality.
Indeed, one of the
important insights of Robert W. Fogel, a Nobel Prize-winning economic historian
who died last month, was that a synergy between improved health and technology
accounts for a good part of the explosive economic growth since the 19th
century. So it stands to reason that intellectual property regimes that create
monopoly rents that impede access to health both create inequality and hamper
growth more generally.
There are alternatives.
Advocates of intellectual property rights have overemphasized their role in
promoting innovation. Most of the key innovations — from the basic ideas
underlying the computer, to transistors, to lasers, to the discovery of DNA —
were not motivated by pecuniary gain. They were motivated by the quest for
knowledge. Of course, resources have to be made available. But the patent
system is only one way, and often not the best way, of providing these
resources. Government-financed research, foundations, and the prize system
(which offers a prize to whoever makes a discovery, and then makes the
knowledge widely available, using the power of the market to reap the benefits)
are alternatives, with major advantages, and without the inequality-increasing
disadvantages of the current intellectual property rights system.
Myriad’s effort to patent
human DNA was one of the worst manifestations of the inequality in access to
health, which in turn is one of the worst manifestations of the country’s
economic inequality. That the court decision has upheld our cherished rights
and values is a cause for a sigh of relief. But it is only one victory in the
bigger struggle for a more egalitarian society and economy.
- Copyright 2013 The New York Times Company
- Privacy Policy
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11 julio 2013
28 mayo 2013
El paquete Monsanto al descubierto
Obtenido de: Ecoportal
http://www.ecoportal.net/Videos/Reverdecer._El_paquete_Monsanto_al_descubierto
Mayo 28-13
26 mayo 2013
ESPEJISMOS DEL TLC
El Gobierno y la Embajada de los Estados Unidos celebraron el primer año del TLC. Con base en la información de macrorruedas y ferias, anuncian la entrada de empresas y productos al mercado estadounidense. Al igual que ocurrió con la apertura económica y con la Ley 100, las reformas no se estudian ni se siguen objetivamente.
La información del primer año que siguió a la
entrada en vigencia del tratado contradice todos los vaticinios
oficiales sobre empleo, modernización y balanza de pagos. En el último
año no se ha creado ni un solo empleo, la industria revela el peor
desempeño de los últimos cinco años, la agricultura no sale del marasmo,
las exportaciones caen 20% y las de Estados Unidos, 30%.
La relación de Colombia con EE.UU. tiene similitudes con la de los países periféricos de Europa y Alemania. El euro se concibió en la creencia de que todos los países de la unión enfrentan condiciones semejantes. Hasta ahora se han venido a reconocer las asimetrías. La crisis de Europa no se originó en las políticas internas, sino en el aumento de la productividad de Alemania acompañado de la restricción salarial. Los países periféricos experimentaron déficits en cuenta corriente, que en un principio se compensaron con endeudamiento y déficits fiscales, pero luego, en un monumental error histórico, fueron obligados a sustituirlos por medidas de austeridad que los precipitaron a la recesión y el desempleo.
Todo esto ha venido a corroborar el error de los acuerdos comerciales entre países de diferente nivel de desarrollo, más dentro de la moneda única. A la luz de la teoría de la ventaja comparativa, que se fundamenta en la creencia de que todos los países se especializan en los bienes que tienen esta propiedad, se presume que las economías de menor desarrollo pueden soportar la competencia sin mayores modificaciones de los salarios y el tipo de cambio. El mito se derrumba cuando se advierte que en la actualidad el superávit en cuenta corriente de Alemania asciende a 6% del PIB y supera en tres veces el déficit del resto de la zona. El pez grande se come el chico.
El país no sólo presumió que estaba en las mismas condiciones de EE.UU. sino que le dio todo tipo de ventajas. Así, Colombia bajó los aranceles cuatro veces más que EE.UU. y estos mantuvieron los subsidios a la agricultura. En todos los estudios previos realizados en los dos países se anticipaba que las importaciones colombianas se incrementarían mucho más que la exportaciones. Luego, el país entró en el TLC con la industria y la agricultura desmanteladas, el déficit en cuenta corriente de 7% del PIB en términos reales y el tipo de cambio revaluado.
En el último año se presentó un rápido deterioro de la competitividad con dimensiones destructivas en las confecciones, textiles y autopartes, y amenaza con extenderse. El consumo y las utilidades empresariales quedaron a cuenta de las importaciones que socavaban la producción y el empleo, lo que no era sostenible. La economía cayó en la senda de crecimiento de 2% sin empleo. Se configuró la deficiencia de demanda efectiva ocasionada por el déficit en cuenta corriente.
Estamos ante el fracaso de la teoría de ventaja comparativa que inspiró la apertura, el euro y los TLC. La resistencia de los gobernantes y pensadores a reconocer esta realidad y modificar el modelo económico ha desatado un proceso de difícil retorno. Las economías de menor desarrollo, como la colombiana, quedan asediadas por los déficits en cuenta corriente y la desindustrialización.
La relación de Colombia con EE.UU. tiene similitudes con la de los países periféricos de Europa y Alemania. El euro se concibió en la creencia de que todos los países de la unión enfrentan condiciones semejantes. Hasta ahora se han venido a reconocer las asimetrías. La crisis de Europa no se originó en las políticas internas, sino en el aumento de la productividad de Alemania acompañado de la restricción salarial. Los países periféricos experimentaron déficits en cuenta corriente, que en un principio se compensaron con endeudamiento y déficits fiscales, pero luego, en un monumental error histórico, fueron obligados a sustituirlos por medidas de austeridad que los precipitaron a la recesión y el desempleo.
Todo esto ha venido a corroborar el error de los acuerdos comerciales entre países de diferente nivel de desarrollo, más dentro de la moneda única. A la luz de la teoría de la ventaja comparativa, que se fundamenta en la creencia de que todos los países se especializan en los bienes que tienen esta propiedad, se presume que las economías de menor desarrollo pueden soportar la competencia sin mayores modificaciones de los salarios y el tipo de cambio. El mito se derrumba cuando se advierte que en la actualidad el superávit en cuenta corriente de Alemania asciende a 6% del PIB y supera en tres veces el déficit del resto de la zona. El pez grande se come el chico.
El país no sólo presumió que estaba en las mismas condiciones de EE.UU. sino que le dio todo tipo de ventajas. Así, Colombia bajó los aranceles cuatro veces más que EE.UU. y estos mantuvieron los subsidios a la agricultura. En todos los estudios previos realizados en los dos países se anticipaba que las importaciones colombianas se incrementarían mucho más que la exportaciones. Luego, el país entró en el TLC con la industria y la agricultura desmanteladas, el déficit en cuenta corriente de 7% del PIB en términos reales y el tipo de cambio revaluado.
En el último año se presentó un rápido deterioro de la competitividad con dimensiones destructivas en las confecciones, textiles y autopartes, y amenaza con extenderse. El consumo y las utilidades empresariales quedaron a cuenta de las importaciones que socavaban la producción y el empleo, lo que no era sostenible. La economía cayó en la senda de crecimiento de 2% sin empleo. Se configuró la deficiencia de demanda efectiva ocasionada por el déficit en cuenta corriente.
Estamos ante el fracaso de la teoría de ventaja comparativa que inspiró la apertura, el euro y los TLC. La resistencia de los gobernantes y pensadores a reconocer esta realidad y modificar el modelo económico ha desatado un proceso de difícil retorno. Las economías de menor desarrollo, como la colombiana, quedan asediadas por los déficits en cuenta corriente y la desindustrialización.
Dirección web fuente:
http://www.elespectador.com/opinion/columna-424142-espejismos-del-tlc16 abril 2013
EL FRAUDE DE LOS TEXTOS DE ECONOMÍA
Real World Economics Review
http://rwer.wordpress.com/2013/04/16/economics-textbooks-decades-of-scientific-fraud-and-incoherence/
Economics
textbooks – decades of scientific fraud and incoherence
From: Lars Syll
Consulta: abril 16-13
As
is well-known, Keynes used to criticize the more traditional economics for
making the fallacy of composition, which basically consists of the
false belief that the whole is nothing but the sum of its parts. Keynes argued
that in the society and in the economy this was not the case, and that a
fortiori an adequate analysis of society and economy couldn’t proceed by
just adding up the acts and decisions of individuals. The whole is more than a
sum of parts. This fact shows up already when orthodox – neoclassical –
economics tries to argue for the existence of The Law of Demand
– when the price of a commodity falls, the demand for it will increase – on the
aggregate. Although it may be said that one succeeds in establishing The Law
for single individuals it soon turned out – in the Sonnenschein-Mantel-Debreu
theorem firmly established already in 1976 – that it wasn’t possible
to extend The Law of Demand to apply on the market level,
unless one made ridiculously unrealistic assumptions such as individuals all
having homothetic preferences – which actually implies that all
individuals have identical preferences.
This
could only be conceivable if there was in essence only one actor – the
(in)famous representative actor. So, yes, it was possible to
generalize The Law of Demand – as long as we assumed that on the aggregate
level there was only one commodity and one actor. What generalization! Does
this sound reasonable? Of course not. This is pure nonsense!
How
has neoclassical economics reacted to this devastating findig? Basically by
looking the other way, ignoring it and hoping that no one sees that the emperor
is naked.
Having
gone through a handful of the most frequently used textbooks of economics at
the undergraduate level today, I can only conclude that the models that are
presented in these modern neoclassical textbooks try to describe and analyze
complex and heterogeneous real economies with a single
rational-expectations-robot-imitation-representative-agent.
That
is, with something that has absolutely nothing to do with reality. And – worse
still -something that is not even amenable to the kind of general equilibrium
analysis that they are thought to give a foundation for, since Hugo
Sonnenschein (1972) , Rolf Mantel (1976) and Gerard Debreu (1974) unequivocally
showed that there did not exist any condition by which assumptions on
individuals would guarantee neither stability nor uniqueness of the equlibrium
solution.
So
what modern economics textbooks present to students are really models built on
the assumption that an entire economy can be modeled as a representative actor
and that this is a valid procedure. But it isn’t, as the
Sonnenschein-Mantel-Debreu theorem irrevocably has shown.
Of
course one could say that it is too difficult on undergraduate levels to show
why the procedure is right and to defer it to masters and doctoral courses. It
could justifiably be reasoned that way – if what you teach your students is
true, if The Law of Demand is generalizable to the market level and the
representative actor is a valid modeling abstraction! But in this case it’s
demonstrably known to be false, and therefore this is nothing but a case of
scandalous intellectual dishonesty. It’s like telling your students that 2 + 2
= 5 and hope that they will never run into Peano’s axioms of arithmetics.
For almost forty years neoclassical economics itself has lived with a
theorem that shows the impossibility of extending the microanalysis of consumer
behaviour to the macro level (unless making patently and admittedly insane
assumptions). Still after all these years pretending in their textbooks that
this theorem does not exist – none of the textbooks I investigated even mention
the existence of the Sonnenschein-Mantel-Debreu theorem – is outrageous.
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