Invitación a debatir sobre temas de economía, política, medio ambiente y mucho mas.
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16 enero 2013
14 diciembre 2012
09 diciembre 2012
Hágame el hijue... favor de cobrarme más impuestos
Hágame el hijue... favor de cobrarme más impuestos
Actualmente se prepara una
importante reforma tributaria en Colombia. Convendría que nuestros
padres de la patria leyeran lo que un distinguido (y rico) novelista
tiene que decir al respecto.
Tomado de: El Malpensante.com
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2562&pag=2&size=n
Tomado de: El Malpensante.com
http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2562&pag=2&size=n
Chris Christie podrá ser gordo, pero no es Papá Noel. Es más, a veces parece incapaz de decidir si es el gobernador o el caporegime
de Nueva Jersey, y el que su mala educación sea a menudo considerada
encantadora podría leerse como un indicador de la creciente aspereza del
discurso norteamericano. En febrero, mientras se discutía la
recientemente enmendada ley del impuesto sobre la renta de Nueva Jersey,
que permite a los ricos pagar (proporcionalmente) menos impuestos que
la clase media, le preguntaron a Christie su opinión en torno a lo
afirmado por Warren Buffett en el sentido de que no es justo que su
secretaria personal pague más impuestos federales sobre la renta que él.
Con el ímpetu que lo caracteriza, Christie respondió: “Debería llenar
un cheque y callarse… Estoy cansado de ese tipo de comentarios. Si
quiere darle más plata al gobierno, él es capaz de llenar un cheque. Que
lo haga”.
Ya había escuchado ese argumento. En un mitin en Florida (para apoyar los contratos colectivos de trabajo y defender el punto de vista socialista según el cual despedir profesores experimentados no es tan buena idea), dije que yo pagaba impuestos por un monto equivalente a más o menos el 28% de mis ingresos. Mi pregunta era: “¿Por qué no estoy pagando el 50%?”. En esa ocasión, no fue el gobernador de Nueva Jersey quien respondió a tan radical idea –probablemente estaba muy ocupado comiendo queso en el bufé todo-lo-que-puedas-comer de Applebee’s, Nueva Jersey–; sin embargo muchas personas con la misma forma de pensar de Christie lo hicieron.
“Llene un cheque y cállese”.
“Si quiere pagar más, pague más”.
“Estamos cansados de escuchar lo mismo”.
De malas, muchachos, yo no me he cansado de hablar del tema. He conocido tipos ricos –¿por qué no?, después de todo yo también soy rico– y la mayoría preferiría echarse gasolina en el pene, prender un fósforo y bailar cantando “Disco Inferno”, antes que pagarle al Tío Sam un centavo más por impuestos. Es cierto que algunos invierten al menos parte de su ahorro fiscal en contribuciones de caridad. Mi esposa y yo donamos alrededor de cuatro millones de dólares anuales a bibliotecas, cuerpos de bomberos que necesitan actualizar sus equipos para salvar vidas (las tenazas hidráulicas son siempre una petición popular), escuelas y diversas organizaciones que apoyan las artes. Warren Buffett hace lo mismo, y Bill Gates, y Steven Spielberg y los hermanos Koch, y también el fallecido Steve Jobs. Muy bien, pero no es suficiente.
Ese 1% caritativo no puede asumir las responsabilidades de Estados Unidos como nación: el cuidado de sus enfermos y sus pobres, la educación de sus jóvenes, la reparación de las fallas en su infraestructura, el pago de sus asombrosas deudas de guerra. La caridad de los ricos no puede solucionar el calentamiento global o reducir el precio de la gasolina, ni siquiera en un centavo. Ese tipo de salvación no viene de que Mark Zuckerberg o Steve Ballmer digan: “Listo, voy a enviar un cheque adicional por dos millones de dólares a la agencia de recaudación de impuestos”; esa molesta responsabilidad recae en dos palabras que son el anatema de los seguidores del Tea Party: ciudadanía estadounidense.
¿Por qué no nos ponemos serios al respecto? La mayoría de los ricos que pagan impuestos del 28% no destinan el 28% de sus ingresos a la caridad. La mayoría de ellos quieren conservar su dinero; no van por ahí vaciando sus cuentas bancarias y sus portafolios de inversión, sino que los guardan y luego los heredan a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Y lo que finalmente regalan –como es el caso de la platica que donamos mi mujer y yo– depende completamente de su criterio. Tal es la esencia de la filosofía del rico: “No nos digan cómo usar nuestro dinero; nosotros les diremos a ustedes cómo hacerlo”.
Los hermanos Koch son un par de tipos desagradables de derecha. Sin embargo, son un par de tipos desagradables de derecha generosos. Para dar un ejemplo, donaron la cantidad nada despreciable de 68 millones de dólares a la Academia Deerfield. Lo cual es maravilloso para la Academia Deerfield, pero no servirá de nada para limpiar el derrame de petróleo en el Golfo de México, donde los pescados usados en la alimentación comienzan a mostrar lesiones negras. Tampoco servirá para implementar regulaciones más fuertes que impidan a la bp (o a cualquier otro grupo despreciable de perforadores petroleros) volver a hacerlo. No reparará los diques de Nueva Orleans, ni mejorará la educación en Mississippi o Alabama. Pero qué diablos, esos campechanos no van a ir nunca a la Academia Deerfield. Que se vayan al carajo si no son capaces de aceptar una broma.
Aquí va otro poco de mierda fresca, cortesía del ala derecha del Partido Republicano –que, hasta donde sé, se ha convertido en la única ala del Partido Republicano–: entre más rica sea la gente, más empleos genera. ¿En serio? Yo tengo una nómina de más o menos sesenta empleados, la mayoría de los cuales trabajan para las cadenas radiales que tengo en Bangor, Maine. Si me gano la lotería del cine y termino siendo uno de los dueños de una película que gana doscientos millones –como ha sucedido algunas veces–, ¿qué haría con ellos? ¿Comprar otra emisora radial? No creo, ya me estoy arruinando con las que tengo. Pero supongan que lo hiciera y contratara doce personas más. Bien por ellos. Maravilloso para el resto de la economía.
Ya había escuchado ese argumento. En un mitin en Florida (para apoyar los contratos colectivos de trabajo y defender el punto de vista socialista según el cual despedir profesores experimentados no es tan buena idea), dije que yo pagaba impuestos por un monto equivalente a más o menos el 28% de mis ingresos. Mi pregunta era: “¿Por qué no estoy pagando el 50%?”. En esa ocasión, no fue el gobernador de Nueva Jersey quien respondió a tan radical idea –probablemente estaba muy ocupado comiendo queso en el bufé todo-lo-que-puedas-comer de Applebee’s, Nueva Jersey–; sin embargo muchas personas con la misma forma de pensar de Christie lo hicieron.
“Llene un cheque y cállese”.
“Si quiere pagar más, pague más”.
“Estamos cansados de escuchar lo mismo”.
De malas, muchachos, yo no me he cansado de hablar del tema. He conocido tipos ricos –¿por qué no?, después de todo yo también soy rico– y la mayoría preferiría echarse gasolina en el pene, prender un fósforo y bailar cantando “Disco Inferno”, antes que pagarle al Tío Sam un centavo más por impuestos. Es cierto que algunos invierten al menos parte de su ahorro fiscal en contribuciones de caridad. Mi esposa y yo donamos alrededor de cuatro millones de dólares anuales a bibliotecas, cuerpos de bomberos que necesitan actualizar sus equipos para salvar vidas (las tenazas hidráulicas son siempre una petición popular), escuelas y diversas organizaciones que apoyan las artes. Warren Buffett hace lo mismo, y Bill Gates, y Steven Spielberg y los hermanos Koch, y también el fallecido Steve Jobs. Muy bien, pero no es suficiente.
Ese 1% caritativo no puede asumir las responsabilidades de Estados Unidos como nación: el cuidado de sus enfermos y sus pobres, la educación de sus jóvenes, la reparación de las fallas en su infraestructura, el pago de sus asombrosas deudas de guerra. La caridad de los ricos no puede solucionar el calentamiento global o reducir el precio de la gasolina, ni siquiera en un centavo. Ese tipo de salvación no viene de que Mark Zuckerberg o Steve Ballmer digan: “Listo, voy a enviar un cheque adicional por dos millones de dólares a la agencia de recaudación de impuestos”; esa molesta responsabilidad recae en dos palabras que son el anatema de los seguidores del Tea Party: ciudadanía estadounidense.
¿Por qué no nos ponemos serios al respecto? La mayoría de los ricos que pagan impuestos del 28% no destinan el 28% de sus ingresos a la caridad. La mayoría de ellos quieren conservar su dinero; no van por ahí vaciando sus cuentas bancarias y sus portafolios de inversión, sino que los guardan y luego los heredan a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Y lo que finalmente regalan –como es el caso de la platica que donamos mi mujer y yo– depende completamente de su criterio. Tal es la esencia de la filosofía del rico: “No nos digan cómo usar nuestro dinero; nosotros les diremos a ustedes cómo hacerlo”.
Los hermanos Koch son un par de tipos desagradables de derecha. Sin embargo, son un par de tipos desagradables de derecha generosos. Para dar un ejemplo, donaron la cantidad nada despreciable de 68 millones de dólares a la Academia Deerfield. Lo cual es maravilloso para la Academia Deerfield, pero no servirá de nada para limpiar el derrame de petróleo en el Golfo de México, donde los pescados usados en la alimentación comienzan a mostrar lesiones negras. Tampoco servirá para implementar regulaciones más fuertes que impidan a la bp (o a cualquier otro grupo despreciable de perforadores petroleros) volver a hacerlo. No reparará los diques de Nueva Orleans, ni mejorará la educación en Mississippi o Alabama. Pero qué diablos, esos campechanos no van a ir nunca a la Academia Deerfield. Que se vayan al carajo si no son capaces de aceptar una broma.
Aquí va otro poco de mierda fresca, cortesía del ala derecha del Partido Republicano –que, hasta donde sé, se ha convertido en la única ala del Partido Republicano–: entre más rica sea la gente, más empleos genera. ¿En serio? Yo tengo una nómina de más o menos sesenta empleados, la mayoría de los cuales trabajan para las cadenas radiales que tengo en Bangor, Maine. Si me gano la lotería del cine y termino siendo uno de los dueños de una película que gana doscientos millones –como ha sucedido algunas veces–, ¿qué haría con ellos? ¿Comprar otra emisora radial? No creo, ya me estoy arruinando con las que tengo. Pero supongan que lo hiciera y contratara doce personas más. Bien por ellos. Maravilloso para el resto de la economía.
A riesgo de repetirme, esto es lo que hacen los ricos cuando se
hacen más ricos: invierten. Gracias a las políticas de negocios
antiestadounidenses implementadas por las últimas cuatro
administraciones, muchas de estas inversiones se hacen en el exterior.
¿No me creen? Busquen la etiqueta de la camiseta o la gorra que tienen
puesta. Si dice hecha en estados unidos yo… bueno, no diré que
les besaré el trasero porque algunas de esas cosas sí las hacen acá,
pero muy pocas. Y lo que se hace acá no lo hace el pequeño grupo de
burócratas rechonchos de nuestro país; se hace, en su mayoría, en
fábricas que apenas sobreviven en el Profundo Sur, donde los únicos
sindicatos en los que creen los individuos son aquellos solemnizados en
el altar de la iglesia local (siempre y cuando haya separación de sexos,
claro está).
La mayoría de los congresistas de Estados Unidos que se rehúsan siquiera a pensar en aumentar los impuestos a los ricos y berrean como bebés quemados, usualmente en el noticiero de Fox, cada vez que se trae el tema a colación no son multimillonarios (aunque muchos de ellos son millonarios y tienen desde hace mucho dinero como el que se invirtió en la reforma a la salud del gobierno de Obama). Simplemente idolatran a los ricos. No me pregunten por qué, yo mismo no lo entiendo. La mayoría de los ricos son tan aburridos como la mierda vieja de un perro muerto. Sin embargo, tipos como Mitch McConnell, John Boehner y Eric Cantor apenas si pueden controlarse ante ellos. Tanto estos políticos como sus seguidores de derecha tienen la misma reacción que las niñas pequeñas cuando ven a Justin Bieber, al ver a tipos como Christy Walton o Sheldon Adelson: se les salen los ojos y quedan boquiabiertos, mientras de su boca cuelgan babas de adoración. Yo mismo he suscitado esa reacción, a pesar de que apenas soy un rico “bebé” comparado con algunos de esos tipos que flotan con serenidad, como dirigibles hechos de billetes de mil dólares, sobre las vidas de la clase media trabajadora.
En Estados Unidos se sacraliza a los ricos. Incluso Warren Buffett, quien ha sido expulsado del grupo por sus ideas radicales y por hablar con el dinero y no con la boca cuando de patriotismo se trata, llegó a las páginas principales de los periódicos al anunciar que tenía cáncer de próstata en estadio 1. ¡Por Dios, estadio 1! ¡Hay cientos de médicos que pueden curarlo y mandarle la cuenta a su American Express negra! ¡Pero la prensa lo hizo sonar como si se acabaran de caer y despedazar los testículos del papa! ¿Porque se trataba de cáncer? ¡No! ¡Porque era Warren Buffett de Berkshire Hathaway!
Supongo que ese amor desquiciado de la derecha tiene que ver, al menos en parte, con la idea de que en Estados Unidos cualquiera puede volverse Riqui-Ricón si trabaja duro y ahorra sus centavos. Mitt Romney llegó a decir: “Soy rico y no me voy a disculpar por ello”. Nadie quiere que lo hagas, Mitt. Lo que algunos de nosotros queremos –aquellos que no estamos ciegos por cuenta de un montón de sandeces risibles que buscan enmascarar el hecho de que los ricos quieren seguir teniendo su maldito dinero– es que reconozcas que no habrías logrado tener éxito en Estados Unidos sin Estados Unidos. Que tuviste la fortuna de nacer en un país donde la movilidad social es posible (un tema sobre el que Barack Obama puede hablar con la autoridad de la experiencia), pero los canales que hacen que esa movilidad exista están cada vez más obstruidos. Que no es justo pedirle a la clase media que asuma una cantidad desproporcionada del peso de los impuestos. ¿No es justo? Es completamente antiestadounidense, todos deberíamos pagar lo que nos corresponde. Que en nuestras clases de civismo nunca nos enseñaron –lo siento, niños– que ser estadounidense quiere decir estar solo. Que aquellos que han recibido mucho deben tener la obligación de pagar en la misma proporción; no de dar, no de “llenar un cheque y callarse”, en palabras del gobernador Christie, sino de pagar. Eso se llama dar la cara y no lloriquear al respecto. Se llama patriotismo, una palabra que la gente del Tea Party ama decir, siempre y cuando no les cueste ni un centavo a sus amados ricos.
Es algo que debe suceder para que Estados Unidos permanezca fuerte y fiel a sus ideales. Es una necesidad práctica y un imperativo moral. El año pasado, durante el Movimiento de Ocupación, los conservadores que se oponían a la equidad fiscal vieron las primeras muestras reales de descontento. Su respuesta fue la de María Antonieta (“Que coman pasteles”) o la de Ebenezer Scrooge (“¿No hay prisiones? ¿No hay casas de trabajo?”). Qué caballeros tan miopes. Si esta situación no se soluciona con justicia, las protestas del año pasado serán solo el principio. Scrooge cambió de actitud cuando lo visitaron los fantasmas. María Antonieta perdió la cabeza.
Piénsenlo.
La mayoría de los congresistas de Estados Unidos que se rehúsan siquiera a pensar en aumentar los impuestos a los ricos y berrean como bebés quemados, usualmente en el noticiero de Fox, cada vez que se trae el tema a colación no son multimillonarios (aunque muchos de ellos son millonarios y tienen desde hace mucho dinero como el que se invirtió en la reforma a la salud del gobierno de Obama). Simplemente idolatran a los ricos. No me pregunten por qué, yo mismo no lo entiendo. La mayoría de los ricos son tan aburridos como la mierda vieja de un perro muerto. Sin embargo, tipos como Mitch McConnell, John Boehner y Eric Cantor apenas si pueden controlarse ante ellos. Tanto estos políticos como sus seguidores de derecha tienen la misma reacción que las niñas pequeñas cuando ven a Justin Bieber, al ver a tipos como Christy Walton o Sheldon Adelson: se les salen los ojos y quedan boquiabiertos, mientras de su boca cuelgan babas de adoración. Yo mismo he suscitado esa reacción, a pesar de que apenas soy un rico “bebé” comparado con algunos de esos tipos que flotan con serenidad, como dirigibles hechos de billetes de mil dólares, sobre las vidas de la clase media trabajadora.
En Estados Unidos se sacraliza a los ricos. Incluso Warren Buffett, quien ha sido expulsado del grupo por sus ideas radicales y por hablar con el dinero y no con la boca cuando de patriotismo se trata, llegó a las páginas principales de los periódicos al anunciar que tenía cáncer de próstata en estadio 1. ¡Por Dios, estadio 1! ¡Hay cientos de médicos que pueden curarlo y mandarle la cuenta a su American Express negra! ¡Pero la prensa lo hizo sonar como si se acabaran de caer y despedazar los testículos del papa! ¿Porque se trataba de cáncer? ¡No! ¡Porque era Warren Buffett de Berkshire Hathaway!
Supongo que ese amor desquiciado de la derecha tiene que ver, al menos en parte, con la idea de que en Estados Unidos cualquiera puede volverse Riqui-Ricón si trabaja duro y ahorra sus centavos. Mitt Romney llegó a decir: “Soy rico y no me voy a disculpar por ello”. Nadie quiere que lo hagas, Mitt. Lo que algunos de nosotros queremos –aquellos que no estamos ciegos por cuenta de un montón de sandeces risibles que buscan enmascarar el hecho de que los ricos quieren seguir teniendo su maldito dinero– es que reconozcas que no habrías logrado tener éxito en Estados Unidos sin Estados Unidos. Que tuviste la fortuna de nacer en un país donde la movilidad social es posible (un tema sobre el que Barack Obama puede hablar con la autoridad de la experiencia), pero los canales que hacen que esa movilidad exista están cada vez más obstruidos. Que no es justo pedirle a la clase media que asuma una cantidad desproporcionada del peso de los impuestos. ¿No es justo? Es completamente antiestadounidense, todos deberíamos pagar lo que nos corresponde. Que en nuestras clases de civismo nunca nos enseñaron –lo siento, niños– que ser estadounidense quiere decir estar solo. Que aquellos que han recibido mucho deben tener la obligación de pagar en la misma proporción; no de dar, no de “llenar un cheque y callarse”, en palabras del gobernador Christie, sino de pagar. Eso se llama dar la cara y no lloriquear al respecto. Se llama patriotismo, una palabra que la gente del Tea Party ama decir, siempre y cuando no les cueste ni un centavo a sus amados ricos.
Es algo que debe suceder para que Estados Unidos permanezca fuerte y fiel a sus ideales. Es una necesidad práctica y un imperativo moral. El año pasado, durante el Movimiento de Ocupación, los conservadores que se oponían a la equidad fiscal vieron las primeras muestras reales de descontento. Su respuesta fue la de María Antonieta (“Que coman pasteles”) o la de Ebenezer Scrooge (“¿No hay prisiones? ¿No hay casas de trabajo?”). Qué caballeros tan miopes. Si esta situación no se soluciona con justicia, las protestas del año pasado serán solo el principio. Scrooge cambió de actitud cuando lo visitaron los fantasmas. María Antonieta perdió la cabeza.
Piénsenlo.
13 noviembre 2012
29 octubre 2012
EDUCACIÓN PARA COMPETIR
Educación para competir en tiempos de globalización*
Disponible en:
http://www.cid.unal.edu.co/cidnews/index.php/component/content/article/2139/2139.html
¿Cómo competimos internacionalmente cuando
ostentamos el puesto 92 entre 138 naciones en calidad, en ciencias y
matemáticas, y cuando en el programa Pisa, 38% de los estudiantes ocupa el
nivel 1 de 6, y el 70,6% no logra el desempeño mínimo para participar
activamente en la sociedad?
Ricardo Mosquera M.
Investigador del CID
Profesor Asociado
Facultad de Ciencias Económicas
Ex rector - Universidad Nacional de Colombia
Bogotá D.C., 19-oct-2012. La carta de Bolívar a su
hermana María Antonia y a los encargados de la educación de su sobrino Fernando
Bolívar, escrita hace 191 años, recomendaba: “jamás es demasiado temprano para
el conocimiento de las ciencias exactas, porque ellas nos enseñan el análisis
en todo, pasando de lo conocido a lo desconocido...”.
“Generalmente, todos pueden aprender la geometría y
comprenderla, pero no sucede lo mismo con el álgebra y el cálculo diferencial,
se deben aprender los idiomas modernos…”. “Siendo muy difícil apreciar dónde
termina el arte y principia la ciencia, si su inclinación lo decide a aprender
algún arte u oficio, pues abundan entre nosotros médicos y abogados, pero nos
faltan buenos mecánicos y agricultores que son los que el país necesita para
adelantar en prosperidad y bienestar” (Bolívar, Cúcuta, 1821).
El visionario Libertador, no especialista en
educación, entiende la pertinencia para responder a las necesidades
socioeconómicas del país. Pese a la vocación agropecuaria y minera de Colombia,
solo un pequeño porcentaje se prepara en áreas estratégicas para su desarrollo.
Del total de matriculados, 1’028.651 en el periodo
2010-2011, solo 2% estudia agronomía y veterinaria, 8% educación, 16% ciencias
de la salud, y 2% matemáticas y ciencias naturales; economía, administración y
contaduría, 24%; ciencias humanas, 18%, e ingeniería, arquitectura y urbanismo,
27%.
No se desarrolla capital humano en ciencias
naturales y exactas que reduzca la brecha tecnológica y científica frente a
Estados Unidos, Europa y Japón.
¿Cómo competimos internacionalmente cuando
ostentamos el puesto 92 entre 138 naciones en calidad en ciencias y matemáticas
(World Economic Forum 2010-2012), o el pésimo desempeño en el programa Pisa
2012, en el que 38% de los estudiantes colombianos ocupa el nivel 1 de 6, y el
70,6% no logra el desempeño mínimo para participar activamente en la sociedad?
Educación Superior
Según el ranking QS World University 2012, la
Universidad de los Andes y la Nacional se encuentran entre las mejores 400 del
mundo, 335 y 381, respectivamente), y tres latinoamericanas entre las primeras
200: Universidad de São Paulo, Brasil, 139, Unam, México, 146, y Católica de
Chile, 195. Aunque mejora la clasificación de las latinoamericanas, la brecha
es grande frente a Estados Unidos y Gran Bretaña, con las diez primeras del
ranking mundial: Massachusetts Institute of Technology (MIT) (1), Cambridge
University (2), Harvard (3), University College London (4), Oxford (5),
Imperial College London (6), Yale University (7) y University of Chicago (8).
Esta clasificación incluye 700 instituciones de 72 países, mide producción
científica, opinión de empresarios sobre calidad de egresados, promedio
estudiantes/profesor; publicaciones en textos indexados y calidad de la oferta
académica en ingeniería, ciencias naturales y salud. El progreso dependerá de
la innovación en disciplinas como ciencias básicas, ingenierías, ciencias
naturales, agricultura y TIC.
Nuestro país requiere una reforma académica integral de la educación, un proyecto público para ampliar cobertura y mejorar calidad. La Ley 30 de 1992 creó las bases de la financiación; el SUE buscó “racionalizar y optimizar los recursos humanos, físicos, técnicos y financieros; implementar transferencia de estudiantes, intercambio de docentes, creación o fusión de programas académicos y de investigación conjuntos”.
Compartir una única nómina de profesores de alto nivel (maestrías y doctorados), con experiencia investigativa, escasos en las universidades, y fortalecer programas de interés estratégicos para la nación, en el entendido de que la educación no es un gasto, sino una inversión a largo plazo.
Nuestro país requiere una reforma académica integral de la educación, un proyecto público para ampliar cobertura y mejorar calidad. La Ley 30 de 1992 creó las bases de la financiación; el SUE buscó “racionalizar y optimizar los recursos humanos, físicos, técnicos y financieros; implementar transferencia de estudiantes, intercambio de docentes, creación o fusión de programas académicos y de investigación conjuntos”.
Compartir una única nómina de profesores de alto nivel (maestrías y doctorados), con experiencia investigativa, escasos en las universidades, y fortalecer programas de interés estratégicos para la nación, en el entendido de que la educación no es un gasto, sino una inversión a largo plazo.
El debate no se debe ideologizar en términos de
privatizadores versus estatistas, sino aprender que: “no importa si el gato es
blanco o negro, sino si caza ratones’, que para los chinos, respecto a la
universidad implica colocar 100 entr,e las 500 mejores del mundo. Hoy, la
Universidad de Tsinghua y la de Pekín, están entre las 50 primeras, y de Fudan,
está en el puesto 100.
Financiación
La situación financiera de las IES públicas colombianas es crítica. Los aportes de la nación decrecen: la Universidad Nacional, en el 2000, recibió $529.921 millones y por sus rentas propias $195.540 millones (73% y 27%, respectivamente), y en el 2010, los aportes estatales representaron 52% ($654.092), mientras las rentas propias el 48%.
La situación financiera de las IES públicas colombianas es crítica. Los aportes de la nación decrecen: la Universidad Nacional, en el 2000, recibió $529.921 millones y por sus rentas propias $195.540 millones (73% y 27%, respectivamente), y en el 2010, los aportes estatales representaron 52% ($654.092), mientras las rentas propias el 48%.
No obstante, aumenta la cobertura en pregrado y
posgrado, se atienden estratos sociales bajos (2, 3 y 4), que representan el
80% de la matrícula en el 2012, con programas acreditados de calidad y el mayor
número de grupos de investigación, en un campus con edificios derruidos y sin
normas de sismorresistencia.
En el ranking latinoamericano, la Universidad Nacional está el puesto 15, La Universidad de los Andes, en el 19, mientras doce universidades brasileñas se encuentran entre las 20 primeras.
En el ranking latinoamericano, la Universidad Nacional está el puesto 15, La Universidad de los Andes, en el 19, mientras doce universidades brasileñas se encuentran entre las 20 primeras.
¿Qué lugar tiene en Colombia la locomotora de la
C&T y educación para competir en tiempos de globalización y TLC?
*Artículo publicado en la edición digital del
periódico Portafolio - octubre 18 de 2012.
18 julio 2012
Eco Republicano: Lo que hace el gobierno socialista francés en 56 d...
Eco Republicano: Lo que hace el gobierno socialista francés en 56 d...: Esto es lo que ha hecho Hollande (no palabras, hechos) en 56 días en el cargo: - Ha suprimido 100% de los coches oficiales y los ha sub...
26 abril 2012
PETRÓLEO, HUMO Y REFLEJOS
Interesante análisis de lo que nos espera con el futuro de esta importante fuente de energía y de la política asociada con el combustible.
06 abril 2012
29 marzo 2012
20 febrero 2012
16 febrero 2012
02 diciembre 2011
09 noviembre 2011
Los baby teachers: hijos del neoliberalismo
Los baby teachers: hijos del neoliberalismo
Por: Carlos Fajardo
La ideología del neoliberalismo crea y reproduce los elementos que sustentan esta fase del capitalismo. En la estructura intelectual de esta etapa voraz del capital ofician los profesionales encargados de que funcionen bien los engranajes de la religión del mercado.
Hijos del neoliberalismo –en realidad, neoconservadores–, han sido educados para obedecer, aceptar y aplicar las ordenanzas de un capitalismo mordaz. Alabar y no rechazar son sus eslóganes. Con tales actitudes, aspiran a fortalecer los regímenes antes que a mostrar sus debilidades. Son los nuevos técnicos del pensamiento. Alfabetizados en las tecnologías, han hecho de éstas un tótem supremo desde el cual creen conocer en profundidad el mundo, la realidad del mismo. Despolitizados, des-socializados, individualistas y tecnócratas, se estremecen ante la palabra confrontación. Seguidores del pensamiento utensiliar, son monaguillos que vuelven culto los reglamentos autoritarios de la educación. Son los baby teachers de las universidades: eficaces, eficientes, autómatas bilingües, “todo terreno”, choferes de las tecnologías. Gestionan sin queja la dictadura normativa de las llamadas investigaciones universitarias. Hijos del neoliberalismo, baby teachers de las instituciones.
En Colombia hay grandes laboratorios que los producen en serie y se reproducen exponencialmente. Todos han egresado de universidades que debieron sufrir el azote de la Ley 30, que no sólo impulsó una agresiva privatización sino que además las ahogó en su misma sustancia al obligarlas a llevar un plan acelerado de acreditación acorde a las exigencias del mercado global. Como consecuencia, se desmontaron currículos, se ajustaron los planes de estudio a nefastos objetivos, y se desterró todo proyecto de una pedagogía crítica y renovadora.
En varios aspectos, los discursos doctrinales, religiosos, moralistas y políticos de esta primera década del siglo XXI se asemejan a los de la llamada Regeneración de la República Conservadora impuesta en el país desde 1880 hasta 1930: servidumbre hacendaria y partidista, maniqueísmos religiosos y morales, conservadurismo, ideología imperial y papal, controles a la educación, censura camuflada, obstáculos a la modernidad crítico-creativa, centralismo intelectual, rechazo a la autonomía del intelectual disidente. Las pocas conquistas de autonomía universitaria, docente, estudiantil e intelectual, lograda de los 60 a mediados de los 80, fueron diluyéndose y cambiándose por una adaptación servicial e integrada al “nuevo orden global”. La consolidación de la economía de mercado, del poder de los medios masivos de comunicación, de las tecnologías digitales; la urbanización y la inmigración masiva, la privatización en serie y en serio, la banalización de la cultura, son algunos contextos en los cuales se desarrolló y se llevó a cabo el pensamiento neoconservador de última hora. Como consecuencia, observamos el paso de los intelectuales críticos a los baby teachers “todo terreno”, adaptados al son que les toquen.
Desde aproximadamente 1990, un cambio radical impacta en las estructuras universitarias. Todos sus estamentos han sido lentamente transformados. El neoliberalismo atrapó las libertades colectivas e individuales que todavía eran posibles en las instituciones tanto públicas como privadas. Así, los profesores, los estudiantes y los intelectuales entraron en un espacio de mayor control. Se impuso un lenguaje administrativo y ecónomo. Con ello se pasó de una activa reflexión a la sumisión de la gestión. Entonces, conceptos como eficiencia, eficacia, competitividad, flexibilización, administración e insumos comenzaron a formar parte del lenguaje de los ámbitos educativos. Como resultado, tenemos un nuevo tipo de intelectual: el docente eficiente con lenguaje ecónomo. El denominado “relevo generacional”, es decir, jóvenes profesores que reemplazan a los viejos intelectuales de vanguardia crítica, y el nombramiento de economistas y administradores en los mandos medios de dirección académica garantizan las reformas curriculares acordes con las demandas neoliberales. Golpe bajo al trabajo crítico y humanista; ganancia para el trabajo administrativo. Burócratas contra intelectuales.
De manera que la Universidad se adapta a las exigencias del mercado, edificando el llamado por algunos teóricos “capitalismo académico”: una “universidad emprendedora”, lo que quiere decir subordinada a la mercantilización de sus componentes. El “capitalismo académico”, impuesto como política central por los países de élite, asume la educación como industria, fábrica, business university. La Universidad queda reducida a un bazar de servicios educativos, y de bienes simbólicos y culturales, con clientes y accionistas (los estudiantes), con obreros y asalariados (los profesores), con productos (los resultados de las investigaciones, los saberes y conocimientos) y gerentes ecónomos, administradores (directivas). En este bazar universitario, a los logros académicos de los profesores se les evalúa o controla en forma cuantitativa, es decir, por la cantidad de productos de investigación, publicaciones, cátedras, participación en eventos. Al profesorado se le trata como a un insumo, un objeto consumible y consumidor. Las lógicas de la comercialización de la eficacia y de las competencias de rentabilidad dominan el territorio.
¿Dónde está la autonomía crítica del docente intelectual? Los baby teachers dan la respuesta: son cosas del pasado, dicen; peticiones de una historia muerta, enterrada. En su lenguaje dan un no a la memoria y un sí al ahorismo consumible, adaptado. La instrucción y la formación de docentes que hacen de la tecnocracia algo plenipotenciario, o bien que asumen la modernización tecnológica, impuesta desde arriba, con preocupante ingenuidad, es una de las más grandes heridas en el corazón de la academia. Ante la reflexión, se propone la gestión; frente al debate político y cultural, se irrumpe con una relajación pragmática; contra una actitud de confrontación y diferencia, se establece una postura de adaptación, aceptación y confort académico. Es la mercadización de lo social, de lo educativo, donde triunfan las dinámicas de lo administrativo, del gerencialismo. En esta forma, la paranoia, la autocensura y el conformismo se reivindican en estos escenarios empresariales de hipervigilancia y control competitivo.
El ascenso del pensamiento neoconservador y la globalización económica neoliberal ha contribuido a crear este tipo de docente universitario adaptado y adaptable. De modo que al joven docente le han otorgado un papel de legitimador político, cultural y moral de los regímenes hegemónicos. Atrás quedaron los tiempos del intelectual disidente, las posiciones libertarias. ¡Oh, baby teachers, bienvenidos al futuro!
Tomado de:
Le Monde Diplomatique. Edición Colombia.
Nov. 09-11
29 octubre 2011
HAITÍ, PAÍS OCUPADO
Haití, país ocupado
By Eduardo Galeano
Tomado de Global Research, October 4, 2011, Página 12
Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.
Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.
Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.
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De todo eso, sabemos poco o nada.
Haití es un país invisible.
Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.
La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.
Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.
Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.
Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.
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Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.
Nada de nuevo.
Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.
Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.
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El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.
Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...
El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.
Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.
En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.
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¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.
La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.
Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.
Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.
Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.
Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.
(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)
* Texto leído ayer por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional en el marco de la mesa-debate “Haití y la respuesta latinoamericana”, en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.
28 octubre 2011
CÓMO SE DISTRIBUYE LA RIQUEZA MUNDIAL
A escala mundial, 3054 millones de personas (67,6%), con activos menores a 10 mil dólares, reciben tan solo el 3,3% de la riqueza mundial. En el otro extremo, 29,7 millones de personas (0,5% de la población mundial), con activos superiores a 1 millón de dólares, acaparan el 38,5% de la riqueza. Si agregamos el segmento de población con activos entre 100 mil y un millón de dólares, que asciende a 369 millones de personas (8,2% de la población mundial) y que concentra el 43,6% de la riqueza global, se tiene que tan solo el 8,7% de la población acapara el 82,1% de la misma. En la franja intermedia encontramos al grupo de personas con activos entre 10 mil y 100 mil dólares, que asciende a 1,066 millones (23,6% de la población global) y que concentra el 14,5% de la riqueza. Esta seria una especie de clase media mundial.
Fuentes:
Real-World Economics Review Blog
Wall Street Journal
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