Buscar en este blog

06 agosto 2013

ME CAÍ DEL MUNDO

Eduardo Galeano: Me caí del mundo y no sé cómo se entra

Eduardo Galeano
Galeano - Me cai del mundo
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco..

No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
.
¡Guardo los vasos desechables!

¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable enel cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después!

La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.

Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.

El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de… años!

Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.

Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De ‘por ahí’ vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el ‘guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo’, pasarse al ‘compre y bote que ya se viene el modelo nuevo’.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no,  eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!  Pero por Dios.

Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombrecomo para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía ‘éste es un 4 de bastos’.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.

Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden ‘matarlos’ apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: ‘Cómase el helado y después tire la copita’, nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la ‘bruja’ como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la ‘bruja’ me gane de mano y sea yo el entregado.

Eduardo Galeano, periodista y escritor Uruguayo

16 julio 2013

How Intellectual Property Reinforces Inequality



Opinionator - A Gathering of Opinion From Around the Web

July 14, 2013, 9:04 pm

How Intellectual Property Reinforces Inequality

In the war against inequality, we’ve become so used to bad news that we’re almost taken aback when something positive happens. And with the Supreme Court having affirmed that wealthy people and corporations have a constitutional right to buy American elections, who would have expected it to bring good news? But a decision in the term that just ended gave ordinary Americans something that is more precious than money alone — the right to live.
At first glance, the case, Association for Molecular Pathology v. Myriad Genetics, might seem like scientific arcana: the court ruled, unanimously, that human genes cannot be patented, though synthetic DNA, created in the laboratory, can be. But the real stakes were much higher, and the issues much more fundamental, than is commonly understood. The case was a battle between those who would privatize good health, making it a privilege to be enjoyed in proportion to wealth, and those who see it as a right for all — and a central component of a fair society and well-functioning economy. Even more deeply, it was about the way inequality is shaping our politics, legal institutions and the health of our population.
Unlike the bitter battles between Samsung and Apple, in which the referees (American courts), while making a pretense at balance, seem to consistently favor the home team, this was a case that was more than just a battle between corporate giants. It is a lens through which we can see the pernicious and far-reaching effects of inequality, what a victory over self-serving corporate behavior looks like and — just as important — how much we still risk losing in such fights.
Of course, the court and the parties didn’t frame the issues that way in their arguments and decision. A Utah firm, Myriad Genetics, had isolated two human genes, BRCA1 and BRCA2, that can contain mutations that predispose women who carry them to breast cancer — crucial knowledge for early detection and prevention. The company had successfully obtained patents for the genes. “Owning” the genes gave it the right to prevent others from testing for them. The core question of the case was seemingly technical: Are isolated, naturally occurring genes something that can be patented?
But the patents had devastating real-world implications, because they kept the prices for the diagnostics artificially high. Gene tests can actually be administered at low cost — a person can in fact have all 20,000 of her genes sequenced for about $1,000, to say nothing of much cheaper tests for a variety of specific pathologies. Myriad, however, charged about $4,000 for comprehensive testing on just two genes. Scientists have argued that there was nothing inherently special or superior about Myriad’s methods — it simply tested for genes that the company claimed to own, and did so by relying on data that was not available to others because of the patents.
Hours after the Supreme Court’s ruling in favor of the plaintiffs — a group of universities, researchers and patient advocates, represented by the American Civil Liberties Union and the Public Patent Foundation — other laboratories quickly announced that they would also begin offering tests for the breast cancer genes, underlining the fact that Myriad’s “innovation” was identifying existing genes, not developing the test for them. (Myriad is not done fighting, though, having filed two new lawsuits this month that seek to block the companies Ambry Genetics and Gene by Gene from administering their own BRCA tests, on the grounds that they violate other patents that Myriad holds.)
It should not be very surprising that Myriad has done everything it can to prevent its tests’ revenue stream from facing competition — indeed, after recovering somewhat from a 30 percent drop in the wake of the court ruling, its share price is still nearly 20 percent below what it was beforehand. It owned the genes, and didn’t want anybody trespassing on its property. In obtaining the patent, Myriad, like most corporations, seemed motivated more by maximizing profits than by saving lives — if it really cared about the latter, it could and would have done better at providing tests at lower costs and encourage others to develop better, more accurate and cheaper tests. Not surprisingly, it made labored arguments that its patents, which allowed monopolistic prices and exclusionary practices, were essential to incentivize future research. But when the devastating effects of its patents became apparent, and it remained adamant in exerting its full monopoly rights, these pretensions of interest in the greater good were woefully unconvincing.
The drug industry, as always, claimed that without patent protection, there would be no incentives for research and all would suffer. I filed an expert declaration with the court (pro bono), explaining why the industry’s arguments were wrong, and why this and similar patents actually impeded rather than fostered innovation. Other groups that filed amicus briefs supporting the plaintiffs, like AARP, pointed out that Myriad’s patents prevented patients from obtaining second opinions and confirmatory tests. Recently, Myriad pledged it would not block such tests — a pledge it made even as it filed the lawsuits against Ambry Genetics, and Gene by Gene.
Myriad denied the test to two women in the case by rejecting their Medicaid insurance — according to the plaintiffs, because the reimbursement was too low. Other women, after one round of Myriad’s testing, had to make agonizing decisions about whether to have a single or double mastectomy, or whether to have their ovaries removed, with severely incomplete information — either Myriad’s testing for additional BRCA mutations was unaffordable (Myriad charges $700 extra for information that national guidelines say should be provided to patients), or second opinions were unattainable because of Myriad’s patents.
The good news coming from the Supreme Court was that in the United States, genes could not be patented. In a sense, the court gave back to women something they thought they already owned. This had two enormous practical implications: one is it meant that there could now be competition to develop better, more accurate, less expensive tests for the gene. We could once again have competitive markets driving innovation. And the second is that poor women would have a more equal chance to live — in this case, to conquer breast cancer.
But as important a victory as this is, it is ultimately only one corner of a global intellectual property landscape that is heavily shaped by corporate interests — usually American. And America has attempted to foist its intellectual property regime on others, through the World Trade Organization and bilateral and other multilateral trade regimes. It is doing so now in negotiations as part of the so-called trans-Pacific Partnership. Trade agreements are supposed to be an important instrument of diplomacy: closer trade integration brings closer ties in other dimensions. But attempts by the office of the United States Trade Representative to persuade others that, in effect, corporate profits are more important than human lives undermines America’s international standing: if anything, it reinforces the stereotype of the crass American.
Economic power often speaks louder, though, than moral values; and in the many instances in which American corporate interests prevail in intellectual property rights, our policies help increase inequality abroad. In most countries, it’s much the same as in the United States: the lives of the poor are sacrificed at the altar of corporate profits. But even in those where, say, the government would provide a test like Myriad’s at affordable prices for all, there is a cost: when a government pays monopoly prices for a medical test, it takes money away that could be spent for other lifesaving health expenditures.
The Myriad case was an embodiment of three key messages in my book “The Price of Inequality.” First, I argued that societal inequality was a result not just of the laws of economics, but also of how we shape the economy — through politics, including through almost every aspect of our legal system. Here, it’s our intellectual property regime that contributes needlessly to the gravest form of inequality. The right to life should not be contingent on the ability to pay.
The second is that some of the most iniquitous aspects of inequality creation within our economic system are a result of “rent-seeking”: profits, and inequality, generated by manipulating social or political conditions to get a larger share of the economic pie, rather than increasing the size of that pie. And the most iniquitous aspect of this wealth appropriation arises when the wealth that goes to the top comes at the expense of the bottom. Myriad’s efforts satisfied both these conditions: the profits the company gained from charging for its test added nothing to the size and dynamism of the economy, and simultaneously decreased the welfare of those who could not afford it.
While all of the insured contributed to Myriad’s profits — premiums had to go up to offset its fees, and millions of uninsured middle-income Americans who had to pay Myriad’s monopoly prices were on the hook for even more if they chose to get the test — it was the uninsured at the bottom who paid the highest price. With the test unaffordable, they faced a higher risk of early death.
Advocates of tough intellectual property rights say that this is simply the price we have to pay to get the innovation that, in the long run, will save lives. It’s a trade-off: the lives of a relatively few poor women today, versus the lives of many more women sometime in the future. But this claim is wrong in many ways. In this particular case, it is especially wrong, because the two genes would likely have been isolated (“discovered,” in Myriad’s terminology) soon anyway, as part of the global Human Genome Project. But it is wrong on other counts, as well. Genetic researchers have argued that the patent actually prevented the development of better tests, and so interfered with the advancement of science. All knowledge is based on prior knowledge, and by making prior knowledge less available, innovation is impeded. Myriad’s own discovery — like any in science — used technologies and ideas that were developed by others. Had that prior knowledge not been publicly available, Myriad could not have done what it did.
And that’s the third major theme. I titled my book to emphasize that inequality is not just morally repugnant but also has material costs. When the legal regime governing intellectual property rights is designed poorly, it facilitates rent-seeking — and ours is poorly designed, though this and other recent Supreme Court decisions have led to one that is better than it otherwise would have been. And the result is that there is actually less innovation and more inequality.
Indeed, one of the important insights of Robert W. Fogel, a Nobel Prize-winning economic historian who died last month, was that a synergy between improved health and technology accounts for a good part of the explosive economic growth since the 19th century. So it stands to reason that intellectual property regimes that create monopoly rents that impede access to health both create inequality and hamper growth more generally.
There are alternatives. Advocates of intellectual property rights have overemphasized their role in promoting innovation. Most of the key innovations — from the basic ideas underlying the computer, to transistors, to lasers, to the discovery of DNA — were not motivated by pecuniary gain. They were motivated by the quest for knowledge. Of course, resources have to be made available. But the patent system is only one way, and often not the best way, of providing these resources. Government-financed research, foundations, and the prize system (which offers a prize to whoever makes a discovery, and then makes the knowledge widely available, using the power of the market to reap the benefits) are alternatives, with major advantages, and without the inequality-increasing disadvantages of the current intellectual property rights system.
Myriad’s effort to patent human DNA was one of the worst manifestations of the inequality in access to health, which in turn is one of the worst manifestations of the country’s economic inequality. That the court decision has upheld our cherished rights and values is a cause for a sigh of relief. But it is only one victory in the bigger struggle for a more egalitarian society and economy.

28 mayo 2013

El paquete Monsanto al descubierto




Obtenido de: Ecoportal

http://www.ecoportal.net/Videos/Reverdecer._El_paquete_Monsanto_al_descubierto

Mayo 28-13


26 mayo 2013

ESPEJISMOS DEL TLC

ELESPECTADOR.COM

 

 

Opinión | Sab, 05/25/2013 - 23:00

Espejismos del TLC

Por: Eduardo Sarmiento | Elespectador.com

El Gobierno y la Embajada de los Estados Unidos celebraron el primer año del TLC. Con base en la información de macrorruedas y ferias, anuncian la entrada de empresas y productos al mercado estadounidense. Al igual que ocurrió con la apertura económica y con la Ley 100, las reformas no se estudian ni se siguen objetivamente.

La información del primer año que siguió a la entrada en vigencia del tratado contradice todos los vaticinios oficiales sobre empleo, modernización y balanza de pagos. En el último año no se ha creado ni un solo empleo, la industria revela el peor desempeño de los últimos cinco años, la agricultura no sale del marasmo, las exportaciones caen 20% y las de Estados Unidos, 30%.
La relación de Colombia con EE.UU. tiene similitudes con la de los países periféricos de Europa y Alemania. El euro se concibió en la creencia de que todos los países de la unión enfrentan condiciones semejantes. Hasta ahora se han venido a reconocer las asimetrías. La crisis de Europa no se originó en las políticas internas, sino en el aumento de la productividad de Alemania acompañado de la restricción salarial. Los países periféricos experimentaron déficits en cuenta corriente, que en un principio se compensaron con endeudamiento y déficits fiscales, pero luego, en un monumental error histórico, fueron obligados a sustituirlos por medidas de austeridad que los precipitaron a la recesión y el desempleo.
Todo esto ha venido a corroborar el error de los acuerdos comerciales entre países de diferente nivel de desarrollo, más dentro de la moneda única. A la luz de la teoría de la ventaja comparativa, que se fundamenta en la creencia de que todos los países se especializan en los bienes que tienen esta propiedad, se presume que las economías de menor desarrollo pueden soportar la competencia sin mayores modificaciones de los salarios y el tipo de cambio. El mito se derrumba cuando se advierte que en la actualidad el superávit en cuenta corriente de Alemania asciende a 6% del PIB y supera en tres veces el déficit del resto de la zona. El pez grande se come el chico.
El país no sólo presumió que estaba en las mismas condiciones de EE.UU. sino que le dio todo tipo de ventajas. Así, Colombia bajó los aranceles cuatro veces más que EE.UU. y estos mantuvieron los subsidios a la agricultura. En todos los estudios previos realizados en los dos países se anticipaba que las importaciones colombianas se incrementarían mucho más que la exportaciones. Luego, el país entró en el TLC con la industria y la agricultura desmanteladas, el déficit en cuenta corriente de 7% del PIB en términos reales y el tipo de cambio revaluado.
En el último año se presentó un rápido deterioro de la competitividad con dimensiones destructivas en las confecciones, textiles y autopartes, y amenaza con extenderse. El consumo y las utilidades empresariales quedaron a cuenta de las importaciones que socavaban la producción y el empleo, lo que no era sostenible. La economía cayó en la senda de crecimiento de 2% sin empleo. Se configuró la deficiencia de demanda efectiva ocasionada por el déficit en cuenta corriente.
Estamos ante el fracaso de la teoría de ventaja comparativa que inspiró la apertura, el euro y los TLC. La resistencia de los gobernantes y pensadores a reconocer esta realidad y modificar el modelo económico ha desatado un proceso de difícil retorno. Las economías de menor desarrollo, como la colombiana, quedan asediadas por los déficits en cuenta corriente y la desindustrialización.

16 abril 2013

EL FRAUDE DE LOS TEXTOS DE ECONOMÍA




Real World Economics Review
http://rwer.wordpress.com/2013/04/16/economics-textbooks-decades-of-scientific-fraud-and-incoherence/

Economics textbooks – decades of scientific fraud and incoherence
From: Lars Syll
Consulta: abril 16-13

As is well-known, Keynes used to criticize the more traditional economics for making the fallacy of composition, which basically consists of the false belief that the whole is nothing but the sum of its parts. Keynes argued that in the society and in the economy this was not the case, and that a fortiori an adequate analysis of society and economy couldn’t proceed by just adding up the acts and decisions of individuals. The whole is more than a sum of parts. This fact shows up already when orthodox – neoclassical – economics tries to argue for the existence of The Law of Demand – when the price of a commodity falls, the demand for it will increase – on the aggregate. Although it may be said that one succeeds in establishing The Law for single individuals it soon turned out – in the Sonnenschein-Mantel-Debreu theorem firmly established already in 1976 – that it wasn’t possible to extend The Law of Demand to apply on the market level, unless one made ridiculously unrealistic assumptions such as individuals all having homothetic preferences – which actually implies that all individuals have identical preferences.
This could only be conceivable if there was in essence only one actor – the (in)famous representative actor. So, yes, it was possible to generalize The Law of Demand – as long as we assumed that on the aggregate level there was only one commodity and one actor. What generalization! Does this sound reasonable? Of course not. This is pure nonsense!
How has neoclassical economics reacted to this devastating findig? Basically by looking the other way, ignoring it and hoping that no one sees that the emperor is naked.
Having gone through a handful of the most frequently used textbooks of economics at the undergraduate level today, I can only conclude that the models that are presented in these modern neoclassical textbooks try to describe and analyze complex and heterogeneous real economies with a single rational-expectations-robot-imitation-representative-agent.
That is, with something that has absolutely nothing to do with reality. And – worse still -something that is not even amenable to the kind of general equilibrium analysis that they are thought to give a foundation for, since Hugo Sonnenschein (1972) , Rolf Mantel (1976) and Gerard Debreu (1974) unequivocally showed that there did not exist any condition by which assumptions on individuals would guarantee neither stability nor uniqueness of the equlibrium solution.
So what modern economics textbooks present to students are really models built on the assumption that an entire economy can be modeled as a representative actor and that this is a valid procedure. But it isn’t, as the Sonnenschein-Mantel-Debreu theorem irrevocably has shown.
Of course one could say that it is too difficult on undergraduate levels to show why the procedure is right and to defer it to masters and doctoral courses. It could justifiably be reasoned that way – if what you teach your students is true, if The Law of Demand is generalizable to the market level and the representative actor is a valid modeling abstraction! But in this case it’s demonstrably known to be false, and therefore this is nothing but a case of scandalous intellectual dishonesty. It’s like telling your students that 2 + 2 = 5 and hope that they will never run into Peano’s axioms of arithmetics.
For almost forty years neoclassical economics itself has lived with a theorem that shows the impossibility of extending the microanalysis of consumer behaviour to the macro level (unless making patently and admittedly insane assumptions). Still after all these years pretending in their textbooks that this theorem does not exist – none of the textbooks I investigated even mention the existence of the Sonnenschein-Mantel-Debreu theorem – is outrageous.

09 diciembre 2012

Hágame el hijue... favor de cobrarme más impuestos

Hágame el hijue... favor de cobrarme más impuestos

Actualmente se prepara una importante reforma tributaria en Colombia. Convendría que nuestros padres de la patria leyeran lo que un distinguido (y rico) novelista tiene que decir al respecto.

Tomado de: El Malpensante.com
 
 http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=2562&pag=2&size=n



Chris Christie podrá ser gordo, pero no es Papá Noel. Es más, a veces parece incapaz de decidir si es el gobernador o el caporegime de Nueva Jersey, y el que su mala educación sea a menudo considerada encantadora podría leerse como un indicador de la creciente aspereza del discurso norteamericano. En febrero, mientras se discutía la recientemente enmendada ley del impuesto sobre la renta de Nueva Jersey, que permite a los ricos pagar (proporcionalmente) menos impuestos que la clase media, le preguntaron a Christie su opinión en torno a lo afirmado por Warren Buffett en el sentido de que no es justo que su secretaria personal pague más impuestos federales sobre la renta que él. Con el ímpetu que lo caracteriza, Christie respondió: “Debería llenar un cheque y callarse… Estoy cansado de ese tipo de comentarios. Si quiere darle más plata al gobierno, él es capaz de llenar un cheque. Que lo haga”.

Ya había escuchado ese argumento. En un mitin en Florida (para apoyar los contratos colectivos de trabajo y defender el punto de vista socialista según el cual despedir profesores experimentados no es tan buena idea), dije que yo pagaba impuestos por un monto equivalente a más o menos el 28% de mis ingresos. Mi pregunta era: “¿Por qué no estoy pagando el 50%?”. En esa ocasión, no fue el gobernador de Nueva Jersey quien respondió a tan radical idea –probablemente estaba muy ocupado comiendo queso en el bufé todo-lo-que-puedas-comer de Applebee’s, Nueva Jersey–; sin embargo muchas personas con la misma forma de pensar de Christie lo hicieron.
“Llene un cheque y cállese”.
“Si quiere pagar más, pague más”.
“Estamos cansados de escuchar lo mismo”.

De malas, muchachos, yo no me he cansado de hablar del tema. He conocido tipos ricos –¿por qué no?, después de todo yo también soy rico– y la mayoría preferiría echarse gasolina en el pene, prender un fósforo y bailar cantando “Disco Inferno”, antes que pagarle al Tío Sam un centavo más por impuestos. Es cierto que algunos invierten al menos parte de su ahorro fiscal en contribuciones de caridad. Mi esposa y yo donamos alrededor de cuatro millones de dólares anuales a bibliotecas, cuerpos de bomberos que necesitan actualizar sus equipos para salvar vidas (las tenazas hidráulicas son siempre una petición popular), escuelas y diversas organizaciones que apoyan las artes. Warren Buffett hace lo mismo, y Bill Gates, y Steven Spielberg y los hermanos Koch, y también el fallecido Steve Jobs. Muy bien, pero no es suficiente.

Ese 1% caritativo no puede asumir las responsabilidades de Estados Unidos como nación: el cuidado de sus enfermos y sus pobres, la educación de sus jóvenes, la reparación de las fallas en su infraestructura, el pago de sus asombrosas deudas de guerra. La caridad de los ricos no puede solucionar el calentamiento global o reducir el precio de la gasolina, ni siquiera en un centavo. Ese tipo de salvación no viene de que Mark Zuckerberg o Steve Ballmer digan: “Listo, voy a enviar un cheque adicional por dos millones de dólares a la agencia de recaudación de impuestos”; esa molesta responsabilidad recae en dos palabras que son el anatema de los seguidores del Tea Party: ciudadanía estadounidense.

¿Por qué no nos ponemos serios al respecto? La mayoría de los ricos que pagan impuestos del 28% no destinan el 28% de sus ingresos a la caridad. La mayoría de ellos quieren conservar su dinero; no van por ahí vaciando sus cuentas bancarias y sus portafolios de inversión, sino que los guardan y luego los heredan a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Y lo que finalmente regalan –como es el caso de la platica que donamos mi mujer y yo– depende completamente de su criterio. Tal es la esencia de la filosofía del rico: “No nos digan cómo usar nuestro dinero; nosotros les diremos a ustedes cómo hacerlo”.

Los hermanos Koch son un par de tipos desagradables de derecha. Sin embargo, son un par de tipos desagradables de derecha generosos. Para dar un ejemplo, donaron la cantidad nada despreciable de 68 millones de dólares a la Academia Deerfield. Lo cual es maravilloso para la Academia Deerfield, pero no servirá de nada para limpiar el derrame de petróleo en el Golfo de México, donde los pescados usados en la alimentación comienzan a mostrar lesiones negras. Tampoco servirá para implementar regulaciones más fuertes que impidan a la bp (o a cualquier otro grupo despreciable de perforadores petroleros) volver a hacerlo. No reparará los diques de Nueva Orleans, ni mejorará la educación en Mississippi o Alabama. Pero qué diablos, esos campechanos no van a ir nunca a la Academia Deerfield. Que se vayan al carajo si no son capaces de aceptar una broma.

Aquí va otro poco de mierda fresca, cortesía del ala derecha del Partido Republicano –que, hasta donde sé, se ha convertido en la única ala del Partido Republicano–: entre más rica sea la gente, más empleos genera. ¿En serio? Yo tengo una nómina de más o menos sesenta empleados, la mayoría de los cuales trabajan para las cadenas radiales que tengo en Bangor, Maine. Si me gano la lotería del cine y termino siendo uno de los dueños de una película que gana doscientos millones –como ha sucedido algunas veces–, ¿qué haría con ellos? ¿Comprar otra emisora radial? No creo, ya me estoy arruinando con las que tengo. Pero supongan que lo hiciera y contratara doce personas más. Bien por ellos. Maravilloso para el resto de la economía.

A riesgo de repetirme, esto es lo que hacen los ricos cuando se hacen más ricos: invierten. Gracias a las políticas de negocios antiestadounidenses implementadas por las últimas cuatro administraciones, muchas de estas inversiones se hacen en el exterior. ¿No me creen? Busquen la etiqueta de la camiseta o la gorra que tienen puesta. Si dice hecha en estados unidos yo… bueno, no diré que les besaré el trasero porque algunas de esas cosas sí las hacen acá, pero muy pocas. Y lo que se hace acá no lo hace el pequeño grupo de burócratas rechonchos de nuestro país; se hace, en su mayoría, en fábricas que apenas sobreviven en el Profundo Sur, donde los únicos sindicatos en los que creen los individuos son aquellos solemnizados en el altar de la iglesia local (siempre y cuando haya separación de sexos, claro está).

La mayoría de los congresistas de Estados Unidos que se rehúsan siquiera a pensar en aumentar los impuestos a los ricos y berrean como bebés quemados, usualmente en el noticiero de Fox, cada vez que se trae el tema a colación no son multimillonarios (aunque muchos de ellos son millonarios y tienen desde hace mucho dinero como el que se invirtió en la reforma a la salud del gobierno de Obama). Simplemente idolatran a los ricos. No me pregunten por qué, yo mismo no lo entiendo. La mayoría de los ricos son tan aburridos como la mierda vieja de un perro muerto. Sin embargo, tipos como Mitch McConnell, John Boehner y Eric Cantor apenas si pueden controlarse ante ellos. Tanto estos políticos como sus seguidores de derecha tienen la misma reacción que las niñas pequeñas cuando ven a Justin Bieber, al ver a tipos como Christy Walton o Sheldon Adelson: se les salen los ojos y quedan boquiabiertos, mientras de su boca cuelgan babas de adoración. Yo mismo he suscitado esa reacción, a pesar de que apenas soy un rico “bebé” comparado con algunos de esos tipos que flotan con serenidad, como dirigibles hechos de billetes de mil dólares, sobre las vidas de la clase media trabajadora.

En Estados Unidos se sacraliza a los ricos. Incluso Warren Buffett, quien ha sido expulsado del grupo por sus ideas radicales y por hablar con el dinero y no con la boca cuando de patriotismo se trata, llegó a las páginas principales de los periódicos al anunciar que tenía cáncer de próstata en estadio 1. ¡Por Dios, estadio 1! ¡Hay cientos de médicos que pueden curarlo y mandarle la cuenta a su American Express negra! ¡Pero la prensa lo hizo sonar como si se acabaran de caer y despedazar los testículos del papa! ¿Porque se trataba de cáncer? ¡No! ¡Porque era Warren Buffett de Berkshire Hathaway!

Supongo que ese amor desquiciado de la derecha tiene que ver, al menos en parte, con la idea de que en Estados Unidos cualquiera puede volverse Riqui-Ricón si trabaja duro y ahorra sus centavos. Mitt Romney llegó a decir: “Soy rico y no me voy a disculpar por ello”. Nadie quiere que lo hagas, Mitt. Lo que algunos de nosotros queremos –aquellos que no estamos ciegos por cuenta de un montón de sandeces risibles que buscan enmascarar el hecho de que los ricos quieren seguir teniendo su maldito dinero– es que reconozcas que no habrías logrado tener éxito en Estados Unidos sin Estados Unidos. Que tuviste la fortuna de nacer en un país donde la movilidad social es posible (un tema sobre el que Barack Obama puede hablar con la autoridad de la experiencia), pero los canales que hacen que esa movilidad exista están cada vez más obstruidos. Que no es justo pedirle a la clase media que asuma una cantidad desproporcionada del peso de los impuestos. ¿No es justo? Es completamente antiestadounidense, todos deberíamos pagar lo que nos corresponde. Que en nuestras clases de civismo nunca nos enseñaron –lo siento, niños– que ser estadounidense quiere decir estar solo. Que aquellos que han recibido mucho deben tener la obligación de pagar en la misma proporción; no de dar, no de “llenar un cheque y callarse”, en palabras del gobernador Christie, sino de pagar. Eso se llama dar la cara y no lloriquear al respecto. Se llama patriotismo, una palabra que la gente del Tea Party ama decir, siempre y cuando no les cueste ni un centavo a sus amados ricos.

Es algo que debe suceder para que Estados Unidos permanezca fuerte y fiel a sus ideales. Es una necesidad práctica y un imperativo moral. El año pasado, durante el Movimiento de Ocupación, los conservadores que se oponían a la equidad fiscal vieron las primeras muestras reales de descontento. Su respuesta fue la de María Antonieta (“Que coman pasteles”) o la de Ebenezer Scrooge (“¿No hay prisiones? ¿No hay casas de trabajo?”). Qué caballeros tan miopes. Si esta situación no se soluciona con justicia, las protestas del año pasado serán solo el principio. Scrooge cambió de actitud cuando lo visitaron los fantasmas. María Antonieta perdió la cabeza.
Piénsenlo.