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01 septiembre 2013

EL PARO NUESTRO DE CADA DÍA









 Por: Alberto Romero

Gran conmoción ha causado el paro campesino en varias regiones del país, y las revueltas urbanas en apoyo del mismo. El mensaje oficial populista dice estar de acuerdo con las justas reinvindicaciones de los productores del campo, al tiempo que condena las acciones de hecho, promovidas, según el gobierno, por “infiltrados” subversivos, lo cual no es nuevo, pues los gobiernos, sin excepción, siempre han macartizado la protesta popular con dichos señalamientos, convirtiendo a los dirigentes en objetivo militar de la ultraderecha. Como paliativo, el gobierno “promete” algunas medidas coyunturales, sin atacar el problema de fondo. 

La crisis del sector agropecuario en Colombia es de carácter estructural y obedece a la incapacidad de la burguesía terrateniente, rentista, especulativa, corrompida y vende patria, de transformar el campo, de acuerdo con las exigencias de un desarrollo sostenible. En el meollo de la confrontación violenta está el problema de la distribución altamente desigual de la propiedad de la tierra, del acaparamiento de las mejores tierras y mejor situadas como medio de acumulación y no como medio de producción, del desplazamiento permanente del campesino, bien sea hacia los centros urbanos, o más allá de la frontera agrícola, del atraso en el desarrollo técnico y tecnológico, del pésimo estado de las vías secundarias, del alto costo de los insumos, de la larga cadena de intermediación entre el productor y el consumidor, etc. Todo esto le impide al productor campesino competir con las importaciones y el contrabando.

En consecuencia, más que pañitos de agua tibia, la crisis estructural del sector agropecuario colombiano requiere de una profunda reforma agraria, que rompa, de una vez por todas, el muro de contención que impide que el progreso llegue al campo, a la población campesina, factor fundamental  para el desarrollo sostenible del país. De lo contrario, la inseguridad alimentaria (dependencia de las importaciones), la violencia y el sobrepoblamiento de las ciudades por el desplazamiento forzoso (lo cual empeorará el caos urbano), seguirán a la orden del día y, año tras año, tendremos que soportar la incompetencia de los gobernantes de un Estado cada vez más fallido.




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